General PNP (r)
Que no se crea que estamos exagerando, pero hoy ya no debe hablarse del problema policial, sino de la crisis total de la PNP. A través de múltiples artículos hemos estado advirtiendo al Gobierno sobre el continuo deterioro de la vida institucional policial, pero la sordera y la soberbia apristas han dejado que las cosas empeoren. No ha habido en ningún momento voluntad para atender el reclamo justo de los policías. Los policías no existimos para este régimen.
No nos queda otra salida que hablar más fuerte y denunciar que esta crisis que vive hoy la PNP y que pone en serio riesgo la seguridad de la ciudadanía, no se incuba en el segundo gobierno del doctor García, sino durante su primera administración.
A los desaciertos de esa gestión, que llevaron al país a un auténtico desastre, hay que sumarle una reforma que aparentemente fue positiva: la unificación de la Guardia Civil, la Guardia Republicana y la Policía de Investigaciones. Claro aquella reforma hubiera sido un acierto si se habría hecho sin improvisación y con el propósito de desterrar la mediocridad y la corrupción. Pero lo que se hizo fue, simplemente, unificar sin estudio ni planes, eliminando las especialidades policiales y convirtiendo a todos los miembros de la PNP en especialistas de nada y expertos en todo. Un disparate total, demagogia escandalosa, que dos décadas después estamos pagando carísimo.
Hoy tenemos graves problemas, uno de ellos referido al tema penitenciario. Sucede que existía un personal capacitado y con amplia experiencia en ese tema, con línea de carrera definida dentro del sector interior: La Guardia Republicana. La GR cumplía una función especializada y profesional en el campo de seguridad penitenciaria y la de fronteras. Con la unificación esta especialidad desapareció, al igual que otras especialidades como las de prevención a cargo de la ex Guardia Civil y la de la Investigación a cargo de la ex PIP.
Gracias a esta famosa integración, se crea una policía sin norte, desaparecen las especialidades y el profesionalismo y a la fecha se tiene un policía que debiera saberlo todo y sabe muy poco porque no se especializa, un efectivo sin identidad institucional ni objetivos.
Parece un chiste, pero hoy la institución está dirigida por personal que estuvo capacitado en seguridad penitenciaria, con poca o nula experiencia y profesionalismo en el campo de la prevención y de la investigación. La gente se pregunta por qué la PNP no acierta, por qué el crimen crece, por qué la seguridad ciudadana se volatiliza. Allí tiene la respuesta.
En condiciones normales y lógicas, los oficiales que fueron formados para resguardar penales y fronteras deberían estar en el lugar que les corresponde, evitando que prospere la anarquía en las cárceles y que incluso las mafias que controlan los penales se dan el lujo de asesinar a un director de penal. Pero no están en su sitio, sino atareados en “prevenir” el delito e “investigar” los crímenes.
Los resultados, repito, a la vista: asaltos continuos en las carreteras, el surgimiento de Chicagos en el interior del país y en la cada vez más populosa Lima, el crimen- hormiga aumenta, generando angustia en el ciudadano, víctima cotidiana de los famosos marcas, de cogoteros, violadores y otros. Y ni qué decir de las zonas liberadas del Callao y otros puertos.
Aparte de la falta de especialización debemos hablar también de maltrato del policía por parte del Estado. La función policial de dedicación exclusiva –mandato de la Ley- se ha perdido hace ya varios años, ya que los efectivos están realizando servicios extras en su tiempo de franco o de vacaciones con conocimiento del propio gobierno. Recordemos a los ministros Mazzetti, Alva Castro, Remigio y hoy Salazar comprando o pagando los servicios de franco.
¿Cuándo descansa un pobre policía? ¿Qué puede esperar la ciudadanía de un hombre que por necesidad tiene que trabajar todo el tiempo, sin humano descanso? ¿Dónde están los organismos de Derechos Humanos que no velan por estos servidores? ¿Acaso no son humanos, no necesitan dormir, velar por su familia?
Claro que sí, pero se ven obligados a trabajar como esclavos porque este Gobierno no quiere reconocer lo que reconoce a otros sectores y le niega al policía la homologación.
Esa homologación que prometió el señor García en 1989 y que volvió a prometer en 2006.
Da vergüenza comparar las remuneraciones de nuestros policías con sus similares de otras partes del mundo y también de la región. Y no solo sueldos: en salud, vivienda y educación, la familia policial peruana también está abandonada, al garete.
En conclusión, señor Presidente: ¿Valió la pena unificar las fuerzas policiales sin objetivos reales, sin visión de futuro para la seguridad de la sociedad? Todo indica que no.
Hay que abandonar la sordera y la soberbia, corregir los errores: nunca es tarde. La unificación policial, como el famoso Tren Eléctrico, se hizo sin plan alguno, improvisando lo que no puede improvisarse. Hoy se trata de corregir, en el penúltimo año una obra faraónica, un gran elefante blanco. En buena hora.
Al igual que poner a andar ese Tren Eléctrico debe concluirse la modernización policial que se pretendió hace dos décadas. Pero eso supone, pues, dejar la politiquería, la improvisación y la ausencia total de visión de país y de futuro.
El Perú hoy, gracias a las bases sentadas en los años 90s y a los excelentes precios de los comodities y las nuevas exportaciones en estos últimos años, tiene plata. Hay que administrar, ciertamente, esos recursos, con buen criterio, pero también con justicia. Querer ser más papistas que el Papa y mantener groseras discriminaciones entre los sectores, a nada bueno conducirá al régimen

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